Un menor de 14 años arremete a un compañero del Instituto y le rompe dos dientes, además de otras agresiones físicas. Ahora, la Audiencia de Sevilla condena a la madre del agresor a pagar 14.000 euros para pagar la reconstrucción de los dientes del agredido.

      La madre en un principio y con el fin de desviar su responsabilidad  acusaba a la dirección de centro educativo por no hacer “labores suficientes de vigilancia” de los alumnos. A este respecto la sentencia de la Audiencia responde que, al tratarse de “adolescentes que cursan estudios secundarios, no es precisa una labor de control y vigilancia tan rígidos”.

      La condena de la Audiencia Provincial de Sevilla aduce para la condena de la madre –pagar el tratamiento del agredido- los siguientes argumentos: laxitud y tolerancia a la hora de educar al hijo; la brutalidad e intensidad de la agresión evidencian “una falta de inculcacion o asimilación de educación y moderación de costumbres en el agresor ara la convivencia en valores”; la “conducta violenta y excesiva significa que las tareas educativas correctoras ejercidas por los padres no han fructificado, bien por la laxitud a la hora de inculcarlas o bien por la tolerancia en corregir las manifestaciones violentas”.

      Estamos ante un toque de atención judicial a los padres en la educación de los hijos. Con frecuencia y por desgracia algunos padres, demasiados, se encogen de hombros en la educación de los hijos dejando todo en manos del centro educativo. Craso error, pues la responsabilidad primaria y esencial de la educación de los hijos recae en los padres. Y, cuando algunos padres no quieren asumir su responsabilidad educativa, la laxitud –“manga ancha” para entendernos- y la tolerancia –“ancha es Castilla” también para entendernos- se adoptan como normas “educativas” y los hijos campan a sus anchas con los efectos condenados en esta sentencia o con  otros similares.

       Los centros educativos tiene su responsabilidad en la educación, pero los padres también, y una responsabilidad aun mayor. La ausencia de disciplina en el hogar, la permisividad ante cualquier conducta, el no corregir adecuada y oportunamente causas actitudes violentas, carencia de valores y, en definitiva, un daño a lo menores que puede llegar a ser irreparable.

 

El director del Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia, José Sanmartín, asegura que esas actitudes escolares –agresiones físicas e insultos entre los alumnos- “tiene correlación con la violencia cultural que se registra en la calle o en el entorno familiar y se puede detectar en actitudes que ya apuntan en las escuelas: es una cuestión cultural con su origen en una mala educación que conduce  a la falta de respeto hacia los demás, a los que convierten en instrumentos a su servicio”

Lo fácil y hasta cómodo es culpabilizar a los menores de las actitudes violentas, de las agresiones que se producen en el ámbito escolar. De ese modo, al culpabilizar a los menores, uno se lava las manos eximiéndose de responsabilidad. Pues, tal y como se dice en el argot… ¡va a ser que no!

Un profesor de Psicología ha acuñado un termino expresivo: el síndrome del emperador”. Con este término quiere llamar la atención hacia aquellos niños y  menores que, acostumbrados a hacer lo que les da la  gana porque sus padres se lo permiten,  acaban convirtiendo a todos los que le rodean en servidores de sus caprichos o deseos. Claro, después en la escuela, siguen viendo a los demás como servidores y, cuando alguien no les rinde ”pleitesía”, llega el insulto y la agresión.

La educación en el respeto a los demás comienza en el entorno familiar, comienza y es clave. Una educación que en estos momentos resulta más difícil por la violencia presente en la sociedad, en la calle. Pero esa dificultad no es excusa para educar a los niños, a los menores, en el respeto hacia todos, en la convivencia pacifica.

JOSE-ANTONIO BURRIEL

  

VIOLENCIA EN LAS ESCUELAS

Febrero 23, 2008

insistiendo en aspectos claves para acabar con esa violencia. Bueno, con lo que es violencia y no con las clásicas peleas entre menores que siempre han existido y que no tiene más importancia  que la agresividad propia de la edad   

       Erre que erre. Es preciso para acabar con la violencia entre los menores, la violencia en la escuela y en el entorno de la escuela, que se ejerza la autoridad por parte de los docentes; una autoridad que no solamente debe ejercerse en la sanción ejemplar para los violentos, sino que también es imprescindible para la formación de los escolares.

Erre con erre. Es preciso que los padres, las familias, eduquen a los hijos en el cumplimiento de unas pautas de convivencia. Y “permitir” todo aquello que les apetezca, que les pete en lenguaje coloquial, no contribuye precisamente, sino todo lo contrario, a erradicar esa violencia en el entorno escolar.

Erre con erre. También las autoridades deben contribuir a erradicar esa violencia escolar o entre menores y adolescentes. Y ese candidato que mas bien parece “un charlatán de feria”, dicho sea con el debido respeto a un ministro, y me refiero a Bernat Soria, no esta precisamente contribuyendo a ello. Según sus promesas los adolescentes –que nadie piense que el botellón o el consumo de alcohol en los locales de ocio es exclusivo de jóvenes ya fuera de la adolescencia- van a poder consumir, y a abusar, de un alcohol de calidad. Afirmar que el ministerio debe conocer que drogas se consumen y que alcohol se bebe, sin hacer referencia a su peligrosidad,  equivale a afirmar que esos consumos no son nocivos, no  son perjudiciales para la salud y para la formación de adolescentes y de jóvenes.

Erre con erre. O se educa en valores, pero en valores y no en fantasmagóricas ideas, a los adolescentes y a los jóvenes, o seguirá la violencia entre menores y en la sociedad.

jose-antonio burriel

Un nuevo episodio de violencia de los menores, un nuevo acto violento grabado en los móviles. Una violencia que sale en los medios de comunicación.  Un acto violento que merece una reacción enérgica y solidaria en Tavernes de la Valldigna.. Y, junto con el dolor ante actos injustificables, me acuerdo de las estrofas irónicas de Muños Seca en “La venganza de Don Mendo”: “Las siete y media es un juego./¿Un juego?/ Y un juego vil./ Que no hay que jugarlo a ciegas./Pues juegas cien veces, mil/ Y de las mil ves, febril,/ Que o te pasas o no llegas./ Y el no llegar da dolor/ Porque indica que mal tasas/ Pero ¡ay de ti si te pasas!/ Si te pesas es peor”Magnificar esos actos, violentos e insensatos, darles publicidad a go-go, puede incitar a otros insensatos e inciviles  a la imitación. Silenciarlos invita a la ocultación, a minimizar algo que debe ser atajado y corregido. Eso si, cuando se dan a conocer los hechos, deben de darse a conocer las acciones correctores, la reacciones positivas. Eso ha hecho este periódico.Y la reacción ante  esa barbarie –incipiente, quizás, pero en sus inicios debe de ser cortada y corregida-. Así parece haberse hecho: denuncia ante la Fiscalia por parte de la autoridad municipal, sanciones  por parte del Consejo escolar municipal y de los centros educativos; perdón de los “pequeños salvajes” a la victima; vigilancia de los padres a los autores del acto violento. No hay que esconder la cabeza debajo de tierra, cual avestruces. Las autoridades de los centros escolares deben actuar; los padres deben asumir sus responsabilidades; la autoridad debe vigilar. Y todo en su justa medida: los menores ni son delincuentes, ni son inocentes; son menores a los que hay que encauzar.No, no es fácil el tratamiento de la violencia entre menores y de los menores. Tampoco es fácil el juego de cartas de  “las siete y media”. Pero a las cartas no hay porque jugar. A la educación de los menores, si, por supuesto. También a su corrección justa y oportuna. jose antonio burriel